Hasta mediados de octubre de 2020, la pandemia de Covid-19 había dejado en Chile 18 mil muertos, entre casos confirmados y sospechosos, cerca de 500 mil contagiados y 1,7 millones de empleos perdidos. Esto, sin contar el aumento de la pobreza, los estragos sicológicos, el alza de la violencia intrafamiliar y la interrupción de actividades que hasta solo unos meses eran centrales en la vida cotidiana.

Este libro ilustra las historias de habitantes comunes y corrientes enfrentados a esos largos meses de emergencia. Un matrimonio de médicos contagiados en Punta Arenas. La madre que da a luz justo antes de perder la conciencia. La hija que no puede despedirse del papá. La carrera a contrarreloj de un ingeniero por construir decenas de respiradores con repuestos de autos. La profesora en el sur que logra suplir la falta de Internet. La esposa maltratada. Los emprendedores reconvertidos. Las trabajadoras más vulneradas por la pandemia y la lucha de su dirigenta. El adolescente explotando su creatividad para derrotar al confinamiento. Un activista solidario vestido de completo gigante en el desierto nortino.

A través de estas 10 historias ilustradas, con vivencias a menudo dramáticas, este libro busca rescatar cómo cambió la vida en Chile en 2020, el año en que llegó la plaga.

Paula Escobar Chavarría
Periodista y magíster en Literatura. Directora de la Cátedra Mujeres y Medios y académica UDP. Columnista de La Tercera y panelista de Tolerancia Cero 2020. Conductora de Influyentes de CNN Chile. Yale World Fellow 2012. Premio Lenka Franulic 2014. Fue Editora de Revistas de El Mercurio. Es autora de “Yo Presidente/a” (2014), de esta colección.

Francisco Javier Olea
Diseñador de la Universidad Católica de Chile. Desde 1999 es diseñador en El Mercurio. Ha colaborado con ilustraciones para varios libros infantiles. Autor de seis libros de humor gráfico. Ganador en 2012 del Premio Altazor a las Artes, categoría Diseño e Ilustración.

2020, EL AÑO IMBORRABLE

El año de la peste es, más bien, el año en que llegó esta peste, Covid-19, a nuestras vidas. Ya está claro que no será el año en que se acabe.

En enero, desde Wuhan, se supo de un virus lejano y exótico, un virus zoonótico, que saltó de animales salvajes al hombre, en un mercado tan húmedo como cruel. Partió en China y muy pronto invadió casi todo el planeta y nuestro rincón del mundo no fue la excepción.

El 2 de marzo llegó a nuestro país de la mano de turistas chilenos en Europa, y dos semanas después ya todo comenzaba a clausurarse: colegios, jardines, escuelas y salas cunas, restaurantes, cines, teatros, oficinas… Lo que se pensó como una cuarentena de dos semanas terminó durando, en muchas ciudades, incluida Santiago, varios meses. Hasta mediados de octubre de 2020, la pandemia de Covid-19 había dejado en Chile 18 mil muertos, entre casos confirmados y sospechosos, y cerca de 500 mil contagiados.

Mientras las hojas del otoño se enrojecían y la temperatura descendía, la imagen era de ciudades fantasmas, sin personas. Nos acostumbramos a vivir de otra manera. A pedir permiso para salir a comprar o pasear al perro. A usar mascarilla y temer el contacto de quien no viviera bajo nuestro techo. A angustiarnos con la sola idea de infectar a nuestros ancianos, de pisar algún rastro de virus en la calle… Luego, vinieron los temores no sanitarios, los económicos. Empezó la pérdida de empleos, que ya se calcula en cerca de dos millones, y miles de trabajadores fueron pasados a Ley de Protección del Empleo. Aparecieron las colas eternas en el seguro de cesantía, el tardío reparto de cajas de comida, las ollas comunes en todo Chile, la vuelta de una pobreza y miseria no vistas en décadas.

El frío invernal fue, en cierto sentido, como una película de terror que ya se había visto antes, en el hemisferio norte, y que ahora llegaba acá. Frío, miedo, incertidumbre, encierro. Niños deambulando entre cuatro paredes, en el mejor de los casos con clases online. Padres y especialmente madres, agobiadas por los quehaceres de la casa, por enseñar a los hijos y al mismo tiempo continuar con su trabajo remunerado, algo que los privilegiados pudimos hacer remotamente. Se supo del dramático aumento de la violencia doméstica, una plaga dentro de la plaga, el terror íntimo, como se ha denominado. Las denuncias telefónicas por violencia intrafamiliar aumentaron en un 179%. Y se implementaron nuevas herramientas para las víctimas, como que pidieran ayuda preguntando por la “mascarilla 19” en las farmacias, además de habilitar nuevos albergues para que esas mujeres pudiesen salir de las garras de sus victimarios.

Los bonos y ayudas del gobierno fueron apareciendo, pero cuando ya demasiadas personas y empresas pequeñas no daban más. Muchas quebraron, otras siguen luchando. El retiro del 10% de las AFP, polémico como fue, dio alivio y trajo aires de esperanza. Pero muchas mujeres perdieron su empleo, y casi el 90% no está buscando de nuevo, simplemente porque no tiene con quién dejar a los hijos. Un retroceso de 10 años en inserción laboral femenina. Un desastre para el feminismo.

La primavera trajo esperanza: desconfinamientos que permitieron a los niños tomar sol, reír, correr. Las cifras de contagios han mejorado cuando, a finales de octubre, escribimos estas líneas. Y se abrigan esperanzas en que la segunda o tercera ola de la pandemia –que vendrán, al igual que en los demás países– nos encuentren mejor parados.

La pandemia en Chile se sumó a los ecos del estallido social del año anterior. Y así es como esta primavera votamos por un Plebiscito para escribir una nueva Constitución, con mascarilla y distancia social, con alcohol gel y con la fe en los ritos democráticos y republicanos que nos han sacado de trances peores de nuestra historia. Un proceso impecable, con una participación histórica, con respeto por cuidar al otro, y con una mayoría rotunda de un 78% a favor de escribir una nueva Constitución, y por una convención constitucional que será, por primera vez en la historia, paritaria.

¿Cómo no va a ser un año imborrable? En este libro quisimos dejar una memoria, una huella, un recordatorio, del paso –aún no terminado– de este virus por nuestras vidas. Un testimonio de que este virus golpeó a personas, a chilenas y chilenos de carne y hueso, que más allá de las grandes decisiones sanitarias, políticas y económicas, sufrieron en sus cuerpos y en sus vidas el Covid-19, como millones más.

Un matrimonio de médicos contagiados en Punta Arenas. La madre que da a luz justo antes de perder la conciencia. La hija que no puede despedirse del papá. La carrera a contrarreloj de un ingeniero por construir decenas de respiradores con repuestos de autos. La profesora en el sur que logra suplir la falta de Internet. La esposa maltratada. Los emprendedores reconvertidos. Las trabajadoras más vulneradas por la pandemia y la lucha de su dirigenta. El adolescente explotando su creatividad para derrotar al confinamiento. Un activista solidario vestido de completo gigante en el desierto nortino. Quisimos que todas estas historias quedaran contadas como relato gráfico por la gran fuerza que tiene este formato no solo para la ficción, sino también para registrar experiencias reales. Cada historia fue reporteada e investigada entre abril y octubre de 2020, en las condiciones que la pandemia y la cuarentena permitían: por vía telefónica. Sus protagonistas también nos enviaron información y videos que nos sirvieron para graficar sus vivencias. Buscamos casos en distintos ámbitos y en distintos lugares de Chile, para reflejar las principales aristas de la crisis. Las ilustraciones se hicieron usando los guiones con sus testimonios como base, tratando de ser lo más fidedignos posibles al relato original. Agradecemos a quienes nos relataron sus experiencias y confiaron en nosotros para contar sus historias.

Esperamos que nuestro trabajo ayude a que no olvidemos cómo este virus nos afectó; las fisuras que abrió; las lecciones y también esperanzas que nos dejó.

Para que cuando volvamos a lo que sea la normalidad, que difícilmente será la de antes, evitemos la amnesia y no nos dejemos seducir por el olvido. Tal como dijo Frank Snowden, profesor de la Universidad de Yale, y uno de los mayores estudiosos de las plagas a lo largo de la historia de la humanidad: ellas son espejos donde las sociedades se reflejan.

Que este sea un espejo más para que miremos, y no olvidemos, lo que el Covid-19 nos mostró.

Paula Escobar Chavarría
Francisco Javier Olea

Santiago, octubre de 2020