La ciudad de la furia es una selección de columnas que muestra cómo se fue acumulando el enojo que estalló incontenible en la primavera chilena de 2019. Las señales estaban a la vista, no sólo en las calles sino en todos y cada uno de los informes de organismos internacionales. No verlas era un acto voluntarioso de ocultamiento de la realidad.

Son más que simples dolores de crecimiento asociados a la modernización de Chile, tan exitosa en algunos aspectos, como el combate a la pobreza o la liberalización de la vida social. Son fracturas profundas, que se manifiestan en que hay elitismo donde debería haber meritocracia, rentismo donde supuestamente hay libre competencia, estancamiento donde debería haber desarrollo e impunidad donde debería haber justicia. De esas fisuras, y de la furia que gatillaron, hablan estas páginas.

Daniel Matamala

Es periodista de la Universidad Católica de Chile y Master of Arts en Periodismo Político de la Universidad de Columbia. En 2018 cursó una residencia en el Centro Stigler para el Estudio de la Economía y el Estado de la Escuela de Negocios de la Universidad de Chicago. Ha sido conductor, panelista y editor en programas de radio y televisión. Es autor de Goles y autogoles. La impropia relación entre el fútbol y la política (2001, 2015); 1962. El mito del mundial chileno (2010); Tu cariño se me va. La batalla por los votantes del nuevo Chile (2013); Power Games. How sports help to elect Presidents, run campaigns and promote wars (2014); Poderoso caballero. El pe$o del dinero en la política chilena (2016) y Los reyes desnudos (2018). Ha ganado cuatro veces el Premio Periodismo de Excelencia de la Universidad Alberto Hurtado, en los géneros de columna de opinión (2016 y 2018), entrevista en televisión (2018) y cobertura en televisión (2011). También recibió el Premio MAG a la mejor entrevista (2012) y el Premio Apes al mejor entrevistador de la televisión chilena (2009). Hoy es conductor en CNN Chile y Chilevisión, y columnista de La Tercera.

La ciudad de la furia

 

“La canción fue compuesta en una época muy tremenda de la Argentina”, comentó Gustavo Cerati acerca de una de sus obras maestras, “La ciudad de la furia”. “Era 1988, en plena hiperinflación y furia desatada, así que no resultó nada difícil escribir sobre una ciudad de la furia”. La canción de Soda Stereo de inmediato se convirtió, en palabras del crítico Ricardo Portman, en “el himno oficioso de cada urbe latinoamericana, donde se ha mantenido invariable el carácter violento/babilónico, sin atisbos de una humanización de los espacios, los derechos y las oportunidades. Cada ciudad del Río Bravo hacia abajo se convirtió en una Ciudad de la Furia”.

La furia. “El Bogotazo”. “El Caracazo”. En 2019 fue el turno de Santiago de Chile.

La canción resonó de inmediato en mi cabeza la noche del viernes 18 de octubre, mientras Santiago perdía su delgada capa de capital modelo con la misma rapidez con que se quita de un tirón un papel mural mal pegado a la pared.

Cuando salió el sol tras esa noche terrible en que el Metro fue quemado y los militares volvieron a las calles, las cicatrices de esa muralla, vieja, mal pintada y peor remendada, habían quedado expuestas.

“Con la luz del sol se derriten mis alas”, cantaba Cerati.

En los días posteriores, el estupor fue general en la clase dirigente. “Nadie lo vio venir”, fue la frase de moda, unida a una espiral de paranoia y malos diagnósticos que llegaron a su punto cúlmine con el Presidente de la República declarando la “guerra” a “un enemigo poderoso”.

Es que no lo veían. Nuestra élite tapó con ese papel mural colorido sus propios pecados, y también cubrió las grietas y erosiones de la vida cotidiana de los ciudadanos. Fue tal el esfuerzo que puso en esa maniobra de ocultación que terminó creyendo que de verdad no había nada más ante sus ojos que ese relieve prefabricado. Como un barón de Münchhausen moderno, acabaron por convencerse de la leyenda que ellos mismos habían inventado, para consumo propio y de los huéspedes que llegaban a maravillarse del “milagro chileno”.

Este libro no es una anticipación de los hechos de octubre, por cierto. Pero sí es la crónica de cómo se fue acumulando la furia que estalló incontenible en la primavera chilena. De cómo este 2019 las señales estaban allí, en los bordes despegados y los relieves decolorados de ese ilusorio papel mural.

El primer capítulo, “Octubre del 19”, agrupa crónicas urgentes de lo ocurrido en las primeras horas y los primeros días de la crisis. El lector juzgará qué tan (o tan poco) acertadas resultaron esas reflexiones sobre la marcha a la luz de los hechos posteriores.

Todo el resto del libro corresponde a columnas publicadas en prensa antes de ese 18 de octubre que ha fracturado la historia reciente de Chile. En el segundo capítulo, “¿Es que no lo ven?”, dibujamos a esa élite hermética, cerrada en torno a sí misma, incapaz de juzgar sus privilegios y atrapada en un discurso autocomplaciente de meritocracia y libre competencia.

“Dueños de nada” cuenta la otra cara. La de esos millones de chilenos que, como en la célebre canción del Puma Rodríguez, descubren que en verdad no son dueños de nada y que las cartas del juego están marcadas en su contra. Que la ley del embudo se aplica a unos pocos, y la de Moraga, a todo el resto.

En “Chilenismos” se presenta a este país que mira con desdén a sus vecinos, aunque varios aspectos de nuestra pretendida superioridad no sean en verdad más que la tapadera de la impunidad de algunos privilegiados.

“Imbunches” entra en los aspectos menos felices de nuestra clase política y sus procesos de toma de decisiones, desde el incipiente trumpismo gubernamental hasta la soberbia tecnocracia que desprecia la política con el rótulo fácil del populismo.

En “Machos, huachos” hablamos de la sociedad chilena. De las jaurías de redes sociales, del machismo, el clasismo y también de los ejemplos alentadores que llegan desde áreas como la ciencia y el deporte.

“Lo maduro y lo podrido” suma crónicas sobre la tragedia de la dictadura venezolana, la ascensión del extremismo en Brasil, y cómo nuestras fuerzas políticas locales se han comportado frente a los hechos del vecindario.

Finalmente, “Viejo crack” describe la decadencia de un país que insiste en un modelo extractivo que ya está agotado y se resiste a dar el salto hacia una economía más compleja, que pueda producir más conocimiento y más riqueza para todos los chilenos.

Las señales estaban a la vista, no sólo en las calles, también en todos y cada uno de los informes que presentaban sobre Chile organizaciones como el Foro Económico Mundial, la OCDE o el Banco Mundial. No verlo era un acto voluntarioso de ocultamiento de la realidad.

Son más que simples dolores del crecimiento. Son fracturas profundas que muestran cómo la modernización de Chile, tan exitosa en algunos aspectos (como el combate a la pobreza o la liberalización de la vida social), esconde puntos ciegos que nos condenan a sufrir elitismo donde debería haber meritocracia, rentismo donde supuestamente hay libre competencia, estancamiento donde debería haber desarrollo e impunidad donde debería haber justicia.

De esas fisuras, y de la furia que gatillaron, hablan las siguientes páginas.